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Recuerdo el comienzo de una de las series de televisión que
veía de niño, creo que se titulaba el agente 096, en la que aparecía al
inicio de cada capítulo la imagen del protagonista caminando a paso firme y
decidido, y delante de él se iban abriendo puertas, una tras otra, hasta que
llegaba al punto final donde daba comienzo la sesión de ese día.
También he podido constatar que la vida del discípulo de
Jesús a lo largo de su andadura viene a ser algo parecido. La vida cristiana es
un camino hacia el encuentro final con el Amado Salvador. En ese peregrinaje se
van abriendo puertas delante y cerrándose detrás. Unas se abren pronto, otras
tardan en abrirse y dan paso a lo llamamos la espera en el señor. Esos tiempos,
los de espera, son momentos de gran prueba para la fe y la paciencia que hereda
las promesas. Son especialmente dramáticos en los que tenemos un carácter
impetuoso, impaciente y enérgico por naturaleza. Son tiempos de depuración, de
limpieza y restauración de los motivos que nos impulsan para dar paso a la
madurez de la fe y la estabilidad que trae la confianza real en Dios. Son
tiempos de muerte y crucifixión del alma para dar lugar a la vida sólida del
Espíritu en el andar del siervo fiel.
El Dios de toda consolación sabe como consolarnos en esos
tiempos angustiosos cuando estamos esperando para dar el siguiente paso en Su
voluntad. Su palabra trae a nosotros el bálsamo de la esperanza y el Espíritu
Santo nos recuerda las otras veces cuando el Señor nos guió y nos abrió la
senda por donde andar. Aunque no nos quedamos detenidos en el pasado, sin
embargo somos consolados al saber que Dios ha estado con nosotros en otros
momentos realmente difíciles y su gran poder nos abrió paso a través de los
muros que se levantaban ante nosotros. El mismo que derribó los muros de
Jericó volverá a hacerlo llegado el momento.
Esa es la esperanza que nos trae
descanso y paz a nuestra alma afligida y azotada frente a la incertidumbre de
las circunstancias que tenemos delante. Su voz profética se levanta como un
baluarte sólido desde el que podemos permanecer quietos, expectantes y
confiados en Su mano poderosa. Esa voz clama en mi espíritu: "He aquí yo
hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis?
Otra vez
abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad" (Isaias,
43:19).
Esta experiencia la he vivido en muchas ocasiones a lo largo
de mi vida cristiana. Son tiempos cuando aprendemos a clamar con el salmista:
"Por qué te abates, alma mía, y te turbas dentro de mí. Espera en Dios,
porque aún he de alabarle, salvación mía y roca mía". Vemos en los
autores bíblicos las mismas experiencias, las mismas incertidumbres y las
mismas consolaciones que hoy vivimos.
Mi primera gran prueba frente a un muro erguido ante mí fue
a los dieciocho años. Mi vida parecía haber llegado a tocar techo y todo era
rutinario, vacío y desesperante. Entonces conocí a mi novia y una nueva
dimensión de vida se abrió. Luego juntos conocimos la nueva vida en Cristo.
Alrededor de dos años después me encontraba ante otra puerta que debía
abrirse y para la que me sentía impotente; solo podía clamar y esperar en
Dios. Iba a dejar el trabajo, con un contrato fijo en una oficina comercial,
abandonar el esquema de vida que había constituido mi mundo hasta entonces,
para marchar a otra ciudad y matricularme en una Escuela Bíblica para seguir el
llamado de Dios.
El tiempo llegó y Dios me sostuvo como viendo al Invisible.
Salí de Salamanca, llegué a Lérida sin saber lo que allí me esperaba y el
paso que debía dar después de los seis meses que duraban los estudios.
Nuevamente era tiempo de clamar, orar y esperar para que Dios me abriera una
nueva puerta y pudiera entrar a su servicio que era lo que más anhelaba en mi
corazón. La puerta se abrió en su momento. Uno de los maestros de la Escuela
estaba formando un equipo de colaboradores para llevar a cabo una obra pionera
en la provincia de Toledo, y el Señor le había dicho que yo era uno de sus
integrantes.
En el entretanto estaba frente a otro desafío y era que mi
novia se casara conmigo y decidiera acompañarme en la andadura de fe que estaba
seguro debía emprender. Necesitaba otro milagro de Su gracia y la puerta
abierta del corazón de mi joven esposa para que me acompañara a otra ciudad,
con otras personas que aún no conocía y trabajara en el equipo evangelístico.
La puerta se abrió, no sin dificultades, y el peregrinaje siguió su curso...
Mas tarde lo que se nos cerró a cal y canto
fue la matriz de mi mujer. Quedó embarazada pero al poco tiempo perdió el
embrión. Luego vinieron tiempos de clamor, de angustia y confianza en la
Palabra a favor de la herencia del Señor que son los hijos. Después de siete
años de matrimonio, por fin mi mujer concibió a nuestro primer hijo,
posteriormente de atravesar un periodo de prueba con una nueva amenaza de
aborto latente durante los primeros meses. Mantuvimos firmes nuestra esperanza
en Dios y Él nos sacó a lugar espacioso. Tuvimos nuestro primer hijo sano,
lleno de vida y vitalidad. Luego el segundo con la misma energía o más que su
hermano, y más tarde cuando creíamos haber completado el “cupo” de hijos, Dios
nos dio un tercero, que superado el “susto” inicial, vino a llenar nuestro
hogar de gozo y ruido.
Después de doce años de servicio activo y
una militancia sin titubeos en la obra
ministerial, llegamos frente a un nuevo desafío de cambio. Sabíamos que
debíamos salir del mundo que había significado todo para nosotros y emprender
una nueva senda incierta. Este proceso fue aún mas largo y costoso desde el
momento en que el Señor me habló de la salida hasta que vimos el nuevo rumbo a
seguir. Nos traslados de Jaén a Terrassa para entrar en una nueva situación
como miembros de una iglesia local y buscar un empleo para cubrir nuestras
necesidades económicas.
De nuevo estábamos frente a otro reto:
Encontrar un trabajo estable en medio de una aguda crisis laboral, con un porcentaje de paro muy elevado en el
ámbito nacional, además de un nuevo idioma (catalán) que estrechaba las
posibilidades laborales y retaba a nuestros hijos en la nueva situación
escolar. Experimenté de forma muy viva lo que supone andar sobre las aguas,
apoyado sobre la Palabra que Dios me había dado y que nos sostenía en una
dimensión sobrenatural que podía con los informes naturales y conscientemente
conocía.
Después de probar varios trabajos temporales
por mas de dos meses, el oleaje y los vientos de la situación comenzaron a
soplar con fuerza. Llegué a un punto de máxima presión; la ansiedad por la
búsqueda de un empleo sólido se me hizo insoportable hasta que aparté tres días
para ayunar y orar definitivamente. Días después de alcanzar el punto más
álgido de mi desesperación el Señor me habló claramente. Estaba al lado de mi
mujer en uno de los cultos de la iglesia donde el pastor estaba ministrando a
los enfermos. Dije a mi esposa, vamos a
ponernos de acuerdo para que esta semana encuentre el trabajo. Agarré con
convicción la mano de mi mujer y poco después de orar el Espíritu Santo me
dijo: “El miércoles de esta semana comenzarás a trabajar”. Quedé sobrecogido y
meditativo y sin darme mucho tiempo a pensar oí también que me decía: “Díselo a
tu mujer”.
Dudé unos instantes pero sabía que estaba en un momento especial así
que lo hice. El martes de esa semana tuve una entrevista con el jefe de
personal de la fábrica donde trabajaba un hermano de la iglesia y que
anteriormente le había hablado de mí. Yo no sabía nada así que me presenté y
después de hablar unos minutos me dijo: “Si te interesa el trabajo puedes venir
mañana miércoles a las seis de la mañana para empezar a trabajar”. Una vez mas
la puerta se había abierto. Me regocijé grandemente y corrí a comunicárselo a
Maria. Empezaba una nueva etapa en nuestras vidas. Han pasado mas de seis
largos años y en este tiempo no me ha faltado trabajo en la fábrica de
encuadernación. He aprendido un nuevo oficio con mucho sufrimiento y el Señor
ha suplido todas nuestras necesidades económicas.
Sin embargo, mi espíritu me dice desde hace
bastante tiempo que nos quedan nuevas puertas por delante que se abrirán en su
momento. El sabio Salomón dijo que “la vida del justo es como la luz de la
aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. No hay lugar para el
establecimiento definitivo para los hijos de Abrahám por la fe; somos
extranjeros y peregrinos en esta tierra; vivimos en tiendas de campaña hasta llegar
a las moradas de la casa celestial que Jesús ha ido a preparar para nosotros.
Jesús es la Estrella de la mañana y tiene en su mano las llaves que abren y
nadie puede cerrar y cierra y nadie puede abrir. El discípulo del Señor ha sido puesto en estrecho y no debe
conformarse al esquema de vida de este mundo, sino transformarse por medio de
la renovación del entendimiento para conocer la voluntad del Señor. La unión
con Jesús nos lleva a la realidad mas elevada de que “ya no vivo yo, mas vive
Cristo en mi, y lo que vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios, el
cual me amó y se entregó a si mismo por mí”.
Nuestras vidas nunca llegan a un lugar de
seguridad definitiva porque vivimos en un mundo movible y cambiante. Dependemos
siempre de Dios y Su gracia, por ello no podemos dejar de clamar día y noche
buscando el próximo paso a dar; aunque nuestras vidas estén aparentemente
establecidas en parámetros fijos y definitivos, no es así, hay nuevas puertas
que se abrirán en su momento y su voz sigue diciendo:
“He aquí que yo
hago cosa nueva, pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la
soledad”
(Isaias, 43:19).
Vuestro en Cristo
VIRGILIO
ZABALLOS
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Pastor
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